sábado, 19 de diciembre de 2015

Ella era lluvia. De esa que te hace pararte, girar, soltar el paraguas y mirar al cielo. A veces te invitaba a bailar en los charcos, mientras que en otras ocasiones eras tú el encargado de que una queja no escapara jamás de sus labios, su boca (eran demasiados pocos los minutos de las veinticuatro horas que dedicaba a jugar con la tuya), ésa que había adoptado la forma de barco, contigo a bordo, bailando entre los charcos, calados hasta lo más hondo de la piel, la carne, el alma. Sin pensar. Sintiendo, bailando, saltando, amando.

Ella es lluvia. Pero ya no baila sobre esos charcos, ni mira al cielo como lo hacía antes, porque un día se dejó caer, aunque otros muchos la fueron derribando, arrastrando como la gota que se desliza por el cristal, abatida cae,
cae,
                                                                              cae
 sin que nadie haga ademán de nada, 
sin escapar de un cristal al que ya brazos de metal le han crecido. 

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