lunes, 13 de febrero de 2012

Cae, . Se desliza, y cae. Con el simple roce gana fuerza. Algo se cierra, en vano. Un motivo superior la envuelve. Explota.
Caen. Muchas, miles, infinitas casi. Diferentes, aunque iguales en el fondo.
Cae, lentamente, como se consume la cera de una vela, y cuando llega al borde del precipicio, no se arroja. Se funde con la piel, la misma piel que intenta apartar todo rastro visible.
Caen, las detiene el paraguas. Caen más, pero, en este caso, la mano no consigue pararlas. Al contrario, sirve de involuntario incentivo para gestar más y más. Pero esta vez no son visibles. Esta vez, van por dentro.

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