domingo, 18 de septiembre de 2011

Abriste levemente los ojos. A tu alrededor, oscuridad. No sabías la hora, pero no te dio tiempo a preguntártela ni tampoco cuestionarte qué te había despertado. Allí estaba ella, otra mañana más. La mirada perdida, ataviada con un vestido estrecho rojo y una copa en la mano. Otra vez lo mismo. El nerviosismo de casi todas las mañanas, y, aunque te daba vergüenza reconocerlo, el miedo. Todo ocurrió deprisa. Te zarandeó rápidamente, te agarró del brazo y te obligó a ponerte de pie. No levantaste la mirada. Te acercaste hacia el armario y cogiste una camiseta y el primer pantalón corto que encontraste. Era lo mejor, lo sabías, y no era nuevo. Sabías lo que te iba a decir ahora. Excusas. No la creías. Pero era lo mejor. Para evitar problemas. Para evitar que se enfadara. Para evitar palabras que no querías escuchar.
Minutos después estabas bajando las escaleras y saliendo al frío exterior. Todo se te escapaba. Seguías sin entender cuando empezó aquello y cuando había terminado así, dejándoos a ratos mientras ella se preparaba para follarse a otro. También a ratos la odiabas, la detestabas con todo tu ser. Todo se había derrumbado por sus acciones. Pero en aquellos momentos, en que caminabas rumbo a casa de la abuela como cada mañana, tu pequeño y desvencijado corazón te susurraba que la querías. Tu tan joven corazón...

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