domingo, 12 de junio de 2011

- La vio. No supo cómo ni porqué, pero sintió lástima sólo con observar su mirada. Aquella mirada de ojos oscuros, que presumían de bellos. Aquel porte de arrogancia, de soberbia de humildad disfrazada. Contempló aquel juego de niñas que hablaban con madurez -e inmadurez, para el resto del mundo-. Y volvió a mirarla, a ella, sólo a ella, una y otra vez. No supo porqué, pero todo aquello le dio pena. Tal vez es que imaginaba alguien distinto a su lado. O, tal vez, es que todo era tan tremendamente distinto, que lo inverosímil sería esperar algo diferente.

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