sábado, 23 de abril de 2011

Crece cuando se comparte.

La felicidad no se busca. Se crea. Se siente. Así lo pensaste al verlo sonreír, así lo afirmaste al centrar tu mirada en aquellos ojos color tierra rebosantes de ternura. Todo se reducía a un cruce de miradas. Como dos niños que juegan, traviesos, a ver quién sostiene la mirada durante más tiempo, pero con la diferencia de que esta vez, unos de los dos pierde y, ruborizado a la vez que divertido, baja la mirada y cierra los ojos.
Los abre cuando cree que los suyos son los únicos que estarán abiertos, pero se da cuenta de que no ha sido el único que ha pensado eso. De esa forma, tus ojos se encuentra con otros, en la penumbra. Y es imposible no sonreír. Y es ahora cuando habla el corazón. Impone su deseo de no perderse nada. De intentar, al menos esa noche, conseguir un trocito de eternidad. Aunque las horas pasen, lo miraste, vencido por el sueño, y posaste tus labios sobre su frente. Suave, levemente, como una pluma se posa sobre el suelo tras desprenderse de las alas de un pájaro. ¿Cómo algo tan delicado puede contener tanto sentimiento? Acaricias su mejilla, como queriendo hacer traspasar la caricia al interior del sueño, y, finalmente, pasas tus brazos por su espalda y lo rodeas con los tuyos. Es entonces cuando tu sonrisa se ensancha al comprender que, además de que la felicidad no se busca, son momentos como ese, en que la felicidad se comparte los que merecen la pena. Ya que hacer que algo crezca al compartirlo, es más que indescriptible.

1 comentario:

#Una opinión, por pequeña que sea, me alegra el día :)